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Empecemos a contar, hay tiempo…

Reloj de sol medieval de pared, Kumlov, República Checa

Cada cultura tuvo una concepción particular del tiempo, construida a partir de su pensamiento religioso o filosófico y de la situación geográfica en la que estaba asentada. No obstante, según Mircea Eliade, erudito en la historia de las religiones, estas culturas tuvieron relaciones de proximidad en distintos períodos históricos. Para todas ellas el tiempo estaba relacionado, en lo fundamental, con las siembras y las cosechas, con los ritmos del Sol y de los astros importantes, con las festividades religiosas y los hechos significativos vinculados a su origen. Como elemento individual o estricto —aunque el tiempo en esas remotas épocas no tenía el valor que le damos en la actualidad—, todas habían incorporado el concepto de que todo fluye, de que todo está en movimiento incesante, de que todo vibra y de que el hombre, integrante del cosmos, era parte de ese andar.
Esta idea del perpetuo movimiento cósmico está presente en la filosofía y en la religión de los egipcios, de los griegos y, aun antes, la hallamos en la milenaria India. La temporalidad evidenciada en el  movimiento y el cambio permanente fue y es uno de los grandes misterios y una de las preocupaciones más importantes de la humanidad. Antes de que llegara la actual era tecnológica, e incluso mucho antes de que la física, la matemática y la astronomía se desarrollaran como ciencias, el interés por entender el tiempo formó parte de la filosofía y de la religión.

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